Tony
26-Feb-2008, 21:31
. MI CRISTO ROTO
A mi Cristo roto, lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me subyuga
el tema de Cristo en la cruz. Se llevan mi preferencia los cristos
barrocos españoles. La última vez, fui de compras en compañía de un
buen amigo mío.
Al Cristo, ¡Qué elección! Se le puede encontrar entre tuercas y
clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos, libros, muñecas rotas
o litografías románticas. La cosa, es saber buscarlo. Porque Cristo
anda y está entre todas las cosas de éste revuelto e inverosímil
rastro (bazar) que es la Vida.
Pero aquella mañana nos aventuramos por la casa del artista, es más
fácil encontrar ahí al Cristo, ¡Pero mucho más caro!, es zona ya de
anticuarios.
Es el Cristo con impuesto de lujo, el Cristo que han encarecido los
turistas, porque desde que se intensificó el turismo, también Cristo
es más caro. Visitamos únicamente dos o tres tiendas y andábamos por
la tercera o cuarta.
- Ehhmm ¿Quiere algo padre?
- Dar una vuelta nada más por la tienda, mirar, ver.
¡De pronto! frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin
cruz, iba a lanzarme sobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo
de reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era
precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma
circunstancia, me encadenó a él, no sé por qué. Fingí interés primero
por los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del
Cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado
los ojos! ¡No!. Debió ser un Cristo muy bello, era un impresionante
despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna,
un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara.
Se acercó el anticuario, tomó el Cristo roto en sus manos y...
-¡Ohhh, es una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto padre,
fíjese que espléndida talla, qué buena factura!
- ¡Pero! está tan rota, tan mutilada!
- No tiene importancia padre, aquí al lado hay un magnífico restaurador
amigo mío y se lo va a dejar a usted, ¡Nuevo!
Volvió a ponderarlo, a alabarlo, lo acariciaba entre sus manos; pero no
acariciaba al Cristo, acariciaba la mercancía que se le iba a convertir
en
dinero.
Insistí; dudó, hizo una pausa, miró por última vez al Cristo fingiendo
que le costaba separarse de él y me lo alargó en un arranque de
generosidad ficticia, diciéndome resignado y dolorido:
- Tenga padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no gano nada
3000 pesetas nada más, ¡Se lleva usted una joya!.
El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo,
sacerdote, le mermaba méritos para rebajarlo. Me estremecí de pronto.
¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía!.
¡Y me acordé de Judas! ¿No era aquella también una compraventa de
Cristo?
¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de
carne, y en él a nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una
compraventa de cristos.
¡Bien! cedimos los dos, lo rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme,
le pregunté si sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas
terribles mutilaciones. En información vaga e incompleta me dijo que
creía procedía de la sierra de Arasena, y que las mutilaciones se
debían a una profanación en tiempo de guerra.
Apreté a mi Cristo con cariño, y salí con él a la calle. Al fin, ya de
noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré sólo, cara a cara
con mi Cristo. Que ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me
decidí a preguntarle:
- Cristo, ¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¿No le temblaron
las manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?!
¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos?
¿Se arrepintió? - ¡CÁLLATE! Me cortó una voz tajante.
-¡CÁLLATE, preguntas demasiado! ¿Crees que tengo un corazón tan
pequeño y mezquino como el tuyo?! ¡CÁLLATE! No me preguntes ni
pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!,
yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de
sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez,
no por mezquinas entregas como vosotros. ¡Cállate! ¿Por qué ante
mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden,
hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres?. ¿Qué es
mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía
viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del bautismo.
¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que
mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le
rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos
vivos que son sus hermanos.
Yo contesté:
- No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre
lo que quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana mismo
te llevaré al taller. ¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te
gusta?
- ¡NO, NO ME GUSTA! Contestó el Cristo, seca y duramente.
- ¡ERES IGUAL QUE TODOS Y HABLAS DEMASIADO!
Hubo una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a
decapitar el silencio angustioso.
- ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHÍBO! ¿LO OYES?!
- Si Señor, te lo prometo, no te restauraré.
- Gracias. Me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza.
-¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes
Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire
roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele?
- Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de
tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados,
indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de
trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara,
porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven
la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas
de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave
para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción,
en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de
sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes.
Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un
Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de
carne, que es su hermano. Esos besos me repugnan, me dan asco!,
Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me
hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas
obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de
quedaros en la obra de arte. Un Cristo bello, puede ser un peligroso
refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando
al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo.
Por eso ¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada
templo, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin
forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos
los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto
junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.
- Si Señor, te lo prometo. Contesté.
Y un beso sobre su único pie astillado, fue la firma de mi promesa.
Desde hoy¡ viviré con un Cristo roto.
"Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa
sino lo que ama."
A mi Cristo roto, lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me subyuga
el tema de Cristo en la cruz. Se llevan mi preferencia los cristos
barrocos españoles. La última vez, fui de compras en compañía de un
buen amigo mío.
Al Cristo, ¡Qué elección! Se le puede encontrar entre tuercas y
clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos, libros, muñecas rotas
o litografías románticas. La cosa, es saber buscarlo. Porque Cristo
anda y está entre todas las cosas de éste revuelto e inverosímil
rastro (bazar) que es la Vida.
Pero aquella mañana nos aventuramos por la casa del artista, es más
fácil encontrar ahí al Cristo, ¡Pero mucho más caro!, es zona ya de
anticuarios.
Es el Cristo con impuesto de lujo, el Cristo que han encarecido los
turistas, porque desde que se intensificó el turismo, también Cristo
es más caro. Visitamos únicamente dos o tres tiendas y andábamos por
la tercera o cuarta.
- Ehhmm ¿Quiere algo padre?
- Dar una vuelta nada más por la tienda, mirar, ver.
¡De pronto! frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin
cruz, iba a lanzarme sobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo
de reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era
precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma
circunstancia, me encadenó a él, no sé por qué. Fingí interés primero
por los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del
Cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado
los ojos! ¡No!. Debió ser un Cristo muy bello, era un impresionante
despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna,
un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara.
Se acercó el anticuario, tomó el Cristo roto en sus manos y...
-¡Ohhh, es una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto padre,
fíjese que espléndida talla, qué buena factura!
- ¡Pero! está tan rota, tan mutilada!
- No tiene importancia padre, aquí al lado hay un magnífico restaurador
amigo mío y se lo va a dejar a usted, ¡Nuevo!
Volvió a ponderarlo, a alabarlo, lo acariciaba entre sus manos; pero no
acariciaba al Cristo, acariciaba la mercancía que se le iba a convertir
en
dinero.
Insistí; dudó, hizo una pausa, miró por última vez al Cristo fingiendo
que le costaba separarse de él y me lo alargó en un arranque de
generosidad ficticia, diciéndome resignado y dolorido:
- Tenga padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no gano nada
3000 pesetas nada más, ¡Se lleva usted una joya!.
El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo,
sacerdote, le mermaba méritos para rebajarlo. Me estremecí de pronto.
¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía!.
¡Y me acordé de Judas! ¿No era aquella también una compraventa de
Cristo?
¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de
carne, y en él a nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una
compraventa de cristos.
¡Bien! cedimos los dos, lo rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme,
le pregunté si sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas
terribles mutilaciones. En información vaga e incompleta me dijo que
creía procedía de la sierra de Arasena, y que las mutilaciones se
debían a una profanación en tiempo de guerra.
Apreté a mi Cristo con cariño, y salí con él a la calle. Al fin, ya de
noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré sólo, cara a cara
con mi Cristo. Que ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me
decidí a preguntarle:
- Cristo, ¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¿No le temblaron
las manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?!
¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos?
¿Se arrepintió? - ¡CÁLLATE! Me cortó una voz tajante.
-¡CÁLLATE, preguntas demasiado! ¿Crees que tengo un corazón tan
pequeño y mezquino como el tuyo?! ¡CÁLLATE! No me preguntes ni
pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!,
yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de
sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez,
no por mezquinas entregas como vosotros. ¡Cállate! ¿Por qué ante
mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden,
hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres?. ¿Qué es
mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía
viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del bautismo.
¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que
mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le
rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos
vivos que son sus hermanos.
Yo contesté:
- No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre
lo que quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana mismo
te llevaré al taller. ¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te
gusta?
- ¡NO, NO ME GUSTA! Contestó el Cristo, seca y duramente.
- ¡ERES IGUAL QUE TODOS Y HABLAS DEMASIADO!
Hubo una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a
decapitar el silencio angustioso.
- ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHÍBO! ¿LO OYES?!
- Si Señor, te lo prometo, no te restauraré.
- Gracias. Me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza.
-¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes
Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire
roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele?
- Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de
tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados,
indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de
trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara,
porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven
la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas
de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave
para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción,
en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de
sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes.
Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un
Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de
carne, que es su hermano. Esos besos me repugnan, me dan asco!,
Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me
hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas
obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de
quedaros en la obra de arte. Un Cristo bello, puede ser un peligroso
refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando
al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo.
Por eso ¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada
templo, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin
forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos
los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto
junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.
- Si Señor, te lo prometo. Contesté.
Y un beso sobre su único pie astillado, fue la firma de mi promesa.
Desde hoy¡ viviré con un Cristo roto.
"Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa
sino lo que ama."