Tony
07-10-2005, 02:24 PM
EL REY MENDIGO
Érase una vez que un reino europeo estaba regido por un rey muy
cristiano, y
con fama de santidad, que no tenía hijos. El monarca envió a sus
heraldos a
colocar un anuncio en todos los pueblos y aldeas de sus dominios. Este
decía
que cualquier joven que reuniera los requisitos exigidos, para aspirar
a ser
posible sucesor al trono, debería solicitar una entrevista con el rey.
A todo candidato se le exigían dos características:
1o. Amar a Dios.
2o. Amar a su prójimo.
En una aldea muy lejana, un joven leyó el anuncio real y reflexionó que
él
cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y, así mismo, a sus vecinos.
Una sola
cosa le impedía ir, pues era tan pobre que no contaba con vestimentas
dignas
para presentarse ante el santo monarca. Carecía también de los fondos
necesarios a fin de adquirir las provisiones necesarias para tan largo
viaje
hasta el castillo real.
Su pobreza no sería un impedimento para conocer a tan afamado rey.
Trabajó día
y noche, ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad
suficiente para
el viaje, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas
joyas y
emprendió el viaje, luego de haber enviado una misiva al rey
solicitando una
entrevista para dentro de una semana.
Siete días después, habiendo agotado casi todo su dinero y estando a
las
puertas de la ciudad se acercó a un pobre mendigo a la vera del camino.
Aquel
pobre hombre tiritaba de frío y estaba cubierto sólo por harapos. Sus
brazos
extendidos rogaban auxilio. Imploró con una débil y ronca voz: -Estoy
hambriento y tengo frío, por favor, ayúdeme.
El joven quedó tan conmovido por las necesidades del mendigo, que de
inmediato
se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del
mendigo.
Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las provisiones que
llevaba.
Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños tan sucios
como
ella, le suplicó: -¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo trabajo!
Sin pensarlo dos veces, nuestro amigo se sacó el anillo del dedo y la
cadena de
oro de cuello y junto con el resto de las provisiones se los entregó a
la pobre
mujer. Entonces, en forma titubeante, continuó su viaje al castillo
vestido con
harapos y carente de provisiones para regresar a su aldea.
A su llegada al castillo, un asistente del rey le mostró el camino a un
grande
y lujoso salón. Después de una breve pausa, por fin fue admitido a la
sala del
trono.
El joven inclinó la mirada ante el monarca. Cuál no sería su sorpresa
cuando
alzó los ojos y se encontró con los del rey. Atónito y con la boca
abierta
dijo: -¡Usted ... usted! ¡Usted es el mendigo que estaba a la vera del
camino!
En ese instante entró una criada con dos niños trayéndole agua al
cansado
viajero, para que se lavara, y saciara su sed. Su sorpresa fue también
mayúscula: -¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la
ciudad!
-Sí -replicó el soberano con un guiño- yo era ese mendigo, y mi esposa
y mis
dos sobrinos también estuvieron allí.
-Pero ... pe ... pero ... ¡usted es el rey! ¿Por qué hizo eso?
Tartamudeó
tragando saliva, después de ganar un poco de confianza.
-Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas. ¡Tú
serás mi
heredero! -sentenció el rey- ¡Tú heredarás mi reino!
Envió: Fabiola Martínez
Érase una vez que un reino europeo estaba regido por un rey muy
cristiano, y
con fama de santidad, que no tenía hijos. El monarca envió a sus
heraldos a
colocar un anuncio en todos los pueblos y aldeas de sus dominios. Este
decía
que cualquier joven que reuniera los requisitos exigidos, para aspirar
a ser
posible sucesor al trono, debería solicitar una entrevista con el rey.
A todo candidato se le exigían dos características:
1o. Amar a Dios.
2o. Amar a su prójimo.
En una aldea muy lejana, un joven leyó el anuncio real y reflexionó que
él
cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y, así mismo, a sus vecinos.
Una sola
cosa le impedía ir, pues era tan pobre que no contaba con vestimentas
dignas
para presentarse ante el santo monarca. Carecía también de los fondos
necesarios a fin de adquirir las provisiones necesarias para tan largo
viaje
hasta el castillo real.
Su pobreza no sería un impedimento para conocer a tan afamado rey.
Trabajó día
y noche, ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad
suficiente para
el viaje, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas
joyas y
emprendió el viaje, luego de haber enviado una misiva al rey
solicitando una
entrevista para dentro de una semana.
Siete días después, habiendo agotado casi todo su dinero y estando a
las
puertas de la ciudad se acercó a un pobre mendigo a la vera del camino.
Aquel
pobre hombre tiritaba de frío y estaba cubierto sólo por harapos. Sus
brazos
extendidos rogaban auxilio. Imploró con una débil y ronca voz: -Estoy
hambriento y tengo frío, por favor, ayúdeme.
El joven quedó tan conmovido por las necesidades del mendigo, que de
inmediato
se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del
mendigo.
Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las provisiones que
llevaba.
Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños tan sucios
como
ella, le suplicó: -¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo trabajo!
Sin pensarlo dos veces, nuestro amigo se sacó el anillo del dedo y la
cadena de
oro de cuello y junto con el resto de las provisiones se los entregó a
la pobre
mujer. Entonces, en forma titubeante, continuó su viaje al castillo
vestido con
harapos y carente de provisiones para regresar a su aldea.
A su llegada al castillo, un asistente del rey le mostró el camino a un
grande
y lujoso salón. Después de una breve pausa, por fin fue admitido a la
sala del
trono.
El joven inclinó la mirada ante el monarca. Cuál no sería su sorpresa
cuando
alzó los ojos y se encontró con los del rey. Atónito y con la boca
abierta
dijo: -¡Usted ... usted! ¡Usted es el mendigo que estaba a la vera del
camino!
En ese instante entró una criada con dos niños trayéndole agua al
cansado
viajero, para que se lavara, y saciara su sed. Su sorpresa fue también
mayúscula: -¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la
ciudad!
-Sí -replicó el soberano con un guiño- yo era ese mendigo, y mi esposa
y mis
dos sobrinos también estuvieron allí.
-Pero ... pe ... pero ... ¡usted es el rey! ¿Por qué hizo eso?
Tartamudeó
tragando saliva, después de ganar un poco de confianza.
-Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas. ¡Tú
serás mi
heredero! -sentenció el rey- ¡Tú heredarás mi reino!
Envió: Fabiola Martínez